domingo, 12 de enero de 2014

La isla de Gerde: Mentir, Matar... morir.

Capítulo 2
Parte I


Unos ojos azules... grandes, inocentes, bonitos… y esa voz. Una voz grave que la hizo estremecerse. Y esa sonrisa... infantil, alegre. Era la suya, aunque ya hacía tiempo que no la mostraba. Hacía tiempo que había dejado de ser feliz. Pero esos ojos…
Se despertó en mitad de la noche, sudando, con los ojos llorosos y una sensación extraña en el interior. Era pena, pero no sabía explicar por qué. Le pasaba cada vez que tenía ese sueño tan extraño. Pero luego, despierta, cuando trataba de recordar que había soñado, era incapaz. Se pasaba los días tratando de averiguarlo. Allí, encogida en aquel rincón. SU rincón. No le gustaba la habitación. Era pequeña, oscura, no había ninguna ventana y se pasaba mucho calor. Además, no le gustaba estar sola. Tenía miedo.
Pero, cuando la puerta se abrió y entró la única persona de la que solía recibir visita, corrió a refugiarse en la oscuridad, evitando el chorro de luz que provenía de allí. Le hacía daño a la vista que ya se había acostumbrado a las penumbras. Ignoró como siempre los comentarios que hizo la mujer que se encargaba de dejarle la comida. No le gustaba. No se fiaba de ella, a pesar de que siempre la trataba con educación. No se fiaba de nadie, en realidad. Y la mujer ahora tampoco se fiaba de ella. El día que se conocieron había cometido la imprudencia de tratar de tocarla de improviso. Solo buscaba darle un pequeño consuelo, pero Erika no estaba acostumbrada a esos ratos y el movimiento de su mano hacia su mejilla la hizo actuar de modo defensivo automático y la mordió. Nadie había vuelto a intentar un acercamiento similar desde entonces. La bajaron a esa sala en la que se encontraba ahora y ahí se había acabado todo. Estaba sola.
Esperó a que la mujer saliera y pasó junto a la comida, sin mirar la bandeja. Al llegar a su rincón, se sentó, con la espalda apoyada contra la pared y las piernas cruzadas, tratando de recordar aunque fuera un momento lo que había visto en el sueño. Si solo pudiera recordarlo aunque fuera una vez… pero era una batalla perdida de antemano y lo sabía.

Tirado en la cama, con la música sonando a todo volumen en la radio, Marc ojeaba una revista de motos. Ya la tenía más que vista y por eso siempre se detenía en las mismas páginas. Si su madre le dejara tener una moto… pero no había manera. La lanzó a un rincón, aburrido, a la vez que la puerta se abría y entraba Paul.
-¿Qué pasa? Vuelves de tu viaje y no se te ocurre llamar a tu colega, ¿o qué?
Era cierto que no lo había hecho, pensó Marc, extendiendo el brazo para chocar la mano de su amigo en gesto de saludo. Ni siquiera se le había ocurrido que tendría que hacerlo. Desde que había llegado estaba raro, como ido. Hasta su madre se lo había dicho. Y eso que Danielle no era una persona que soliera darse cuenta de las emociones de los demás. O, por lo menos, no preguntaba por ellas.
-He estado ocupado
-Sí, ya lo veo –respondió Paul con ironía, sentándose en la silla giratoria que había frente al ordenador, moviéndola para dejarla de cara a Marc.- Bueno, ¿qué? ¿Me vas a contar lo que has hecho o no?
-Poca cosa. ¿Por qué no me cuentas tú que tal la fiesta?
-Fiesta, ja. Te lo dije; si tú no ibas, yo no iba. He estado todo el fin de semana trabajando en el bar –Se lamentó Paul, impulsándose con la mano en la mesa para hacer dar una vuelta a la silla
-Lo siento –se disculpó Marc por haberle fastidiado la fiesta a su amigo, aunque no hubiera sido culpa suya.
-No te preocupes. Solo espero que tu fin de semana haya sido tan malo como el mío –Bromeó Paul, recibiendo como respuesta un cojinazo lanzado desde la cama.- ¡EH!
-A decir verdad -empezó a decir Marc, bajándose de la cama, impulsándose con los pies en la pared para dar una voltereta hacia atrás- ha pasado algo bastante extraño –Confesó, bajando la voz, acercándose a la puerta para cerrarla. Todavía no había hablado con su madre acerca de la oferta de su tío y no quería que se enterara por casualidad- Mi tío me ha ofrecido algo
-Marc, no. Ni se te ocurra, ¿eh? Yo se que eres un chico atractivo y que andas siempre mal de pasta, pero el sexo por dinero no es la salida. Y menos con alguien de tu familia. –Paul se estremeció con un escalofrío, asqueado por su propia idea del sexo entre familiares.
- ¿Te callas, idiota? –Preguntó Marc, conteniéndose las ganas de darle un puñetazo, aunque sin poder evitar sonreír por la repentina ocurrencia. Ciertamente, lo iba a echar de menos. Al ver que su amigo hace un gesto de ponerse una cremallera en la boca, asegurándole que estaría callado, cogió una pequeña pelota de goma y la manoseó mientras pensaba como contarle a Paul lo que había ocurrido.- Quiere que me vaya a vivir con él. En principio sería solo en verano, pero su oferta es para mucho más tiempo, si todo va bien
No recordaba cuando había sido la última vez que Paul se había quedado sin palabras, tal vez fuera porque nunca le había pasado. Pero siempre tenía que haber una primera vez.
-No le he dicho nada definitivo, todavía –añadió, lanzando la pelota contra una canasta que tenía pegada en una de las paredes. La pasó por el aro y la pelota cayó dentro de una papelera que había debajo, siempre había sido un vago para levantarse a tirar las cosas y hacía un par de años que había ideado ese método. La mayoría de veces funcionaba. Cohibido por el silencio, Marc se sentó en la cama, aprovechando para poner en orden todas las ideas que le habían estado dando vueltas en la cabeza desde que había vuelto a casa. Era mucho más fácil apreciar las cosas cuando se hablaban en voz alta.- Pero la verdad es que creo que voy a aceptar. Puede conseguirme plaza en un colegio que tiene un equipo de fútbol flipante y, si vieras como vive; tiene que estar forrado, tío
-¿Y ya está?
-¿Cómo?
-¿Vas a largarte así como así? ¿Sólo porque el tío está forrado?
-No. No es solo “porque el tío esté forrado”, Paul. Es…
-¿Sabes qué? Me da igual. Haz lo que te dé la gana
-Tío…
Demasiado tarde. Paul ya había salido de la habitación. Y momentos después escuchó también la puerta de la calle. Resopló enfadado y se tiró otra vez encima de la cama, desde luego no era así como había imaginado que irían las cosas. Volvió a incorporarse con rapidez al escuchar de nuevo abrirse la puerta de la habitación, pero volvió a tumbarse con expresión afectada al ver que la que se asomaba era su madre.
-¿Todo bien, Marc? Paul parecía disgustado
No, nada iba bien. Y tenía el presentimiento que dentro de poco Paul no iba a ser el único que estuviera disgustado con él. Pero, hasta que ese momento llegara, no tenía sentido preocupar a su madre. De manera que se esforzó por sonreír y asintió con la cabeza, mirando a su madre.
- Si, mamá. Ya sabes que Paul nunca ha tenido un buen perder.
Ya lo creía Marc que Paul acababa de perder algo. Y él también. O mucho se equivocaba, o una amistad de años, en cuestión de minutos se había quedado pendiente de un hilo. A pesar de saber que su hijo mentía, Danielle no hizo otra cosa que sonreír con comprensión y cerrar la puerta, dejando nuevamente a Marc solo con sus pensamientos.


Cuando la puerta se abrió a una hora desacostumbrada para ella, Erika no se molestó en levantar la cabeza para recibir a su visita. Debía de ser la mujer con la comida, aunque todavía faltaba un rato para la hora de comer. En el tiempo que llevaba allí había aprendido que los horarios era una cosa que se cumplía siempre sin excepciones. Las comidas se llevaban a las mismas horas, la limpieza personal a las mismas horas, siempre todo a la misma hora. Y ella se las había ingeniado para saber cuándo le tocaba hacer cada cosa.
Aprovechando el poco sol que entraba por las rejas que tenía en la pared a modo de ventana en un intento vano por dar luz y, suponía ella, ventilar una habitación que siempre estaba cerrada, había marcado en el suelo la posición exacta del sol en cada momento de su horario. Le había costado varios días y muchos intentos, pero no tenía nada mejor que hacer. Lo raro era que en ese instante la marca del sol estaba muy lejos de dónde debía estar para que fuera la hora de comer. Ese hecho y el que su visita no se hubiera movido todavía de la puerta, ni le hubiera dirigido la palabra, consiguieron que levantara la cabeza y se encontrase mirando de frente a un hombre a quien no había visto nunca pero que, sin ella saberlo, la conocía perfectamente bien.
Cuando comprobó que ella lo estaba mirando, el hombre sonrió.
- Hola, Erika. Soy el señor Blake –se presentó, cerrando la puerta a sus espaldas cuando al fin se decidió a entrar en la instancia, dejando a Samuel fuera, muerto de curiosidad. Era la primera vez que Mr. Blake se presentaba en el refugio, y lo único que había pedido era hablar con la chica, por más que sabía que no había dicho una palabra desde que la habían encontrado. Era raro.


Mr. Blake tardó varios minutos en abandonar la habitación dónde la chica estaba viviendo pero, cuando lo hizo, Samuel todavía estaba allí. El hombre miró a su jefe muerto de curiosidad, pero sin atreverse a preguntar nada. Estaba preparado para recibir sus órdenes. La primera fue la de llevarle a Mr. Blake un traje limpio, mientras él iba al baño a asearse. Mr. Blake era un hombre muy pulcro y escrupuloso y su aseo personal estaba por encima de todo en esos momentos. Después tendrían tiempo de hablar.
- No ha dicho ni una palabra –Respondió Mr. Blake a la curiosa mirada de Samuel. Supuso que todos los que estaban allí trabajando habría pensando que, si alguien podía conseguir que la pequeña salvaje hablara, ese era él. Mr. Blake, a decir verdad, también lo había pensado.
- Bueno, señor, todavía hay tiempo. Nosotros confiamos en que…
- Aquello está hecho un asco –Interrumpió Mr. Blake cogiendo la taza de té que Samuel le acercaba.
El ayudante puso una mueca de disgusto.
- Lo sé, señor. Pero no podemos entrar a limpiar. La chica no nos deja
- La chica también está hecha un asco –señaló el arqueólogo, dándole un sorbo al té, poniendo una mueca al quemarse los labios.
Con la sensación de que en el camino de esa conversación las culpas terminarían siendo suyas, Samuel decidió cambiar de tema.
- Señor, ¿puedo preguntarle el motivo de esta visita tan repentina?
A Mr. Blake no le gustaban las preguntas, Samuel lo sabía y aun así se había arriesgado. Por eso mismo no contaba demasiado con recibir una respuesta. Pero por lo visto esa mañana su jefe se encontraba de buen humor porque, tras dejar la taza de nuevo en la mesa, se recostó contra el respaldo del sillón y le respondió:
- Vamos a sacarla de aquí. La llevaremos a mi casa, ya he acondicionado una habitación para ella. Mi sobrino vendrá pronto y no quiero que siga aquí para cuando él llegue. Además, puede ser que el estar en un ámbito más familiar ayude a que la chica se muestre más confiada –añadió Mr. Blake, alzando la mano para cortar la protesta que Samuel no llegó a formular.
Samuel sabía que el famoso sobrino de Mr. Blake no tardaría en llegar, y que todavía no tenía decidido lo de quedarse allí más allá de lo que dieran de si las vacaciones de verano. Y desde luego, el enseñarle esa especie de cárcel en su primera visita no sería un incentivo para el sí del chico. De manera que asintió con la cabeza sin discutir y cogió su taza de té en silencio. Durante el breve rato que se alargó la estancia de Mr. Blake allí nadie dijo una sola palabra más.

El último día de curso había llegado más rápido de lo que él se habría imaginado. Pero así era. Ese día había sido el último, y ahora estaba en su casa con una maleta por llenar y una discusión que se desarrollaría durante la cena sin ningún tipo de duda. Tal vez no debería haberse esperado hasta el último momento para hablar con su madre, pero cada vez que lo intentaba, terminaba echándose atrás. Le faltaba valor para darle la noticia. Incluso alguna vez pensó el arrepentirse y rechazar la oferta de su tío, pero era demasiado tentadora como para eso. Cuando su madre le llamó desde la cocina, supo que el momento había llegado. Cerró la maleta todavía sin hacer y salió de su habitación, dirigiéndose a la cocina.
-¿Sabes, mamá? El otro día estuve pensando en algo. ¿Te acuerdas del fin de semana que pase con tu hermano?
-Mi hermano, que también es tu tío, Marc –le recordó su madre, de espaldas a él, mientras terminaba de freír las salchichas en la sartén. Por eso no vio la mueca en la cara de su hijo, aunque era fácil de imaginar.- Lo recuerdo. ¿Qué pasa?
-Pues que en realidad no me lo pasé tan mal –empieza Marc, sacando un par de vasos limpios del lavavajillas.
-Ya te lo dije yo.
En realidad, muchas veces se había preguntado Danielle Blake a si misma sobre ese viaje. Marc nunca le había contado nada y, cada vez que ella le preguntaba, él cambiaba de tema o le respondía de forma perezosa. Eso no era propio de su hijo. Por suerte, un par de semanas después de que su hijo volviera recibió una llamada de su hermano muy esclarecedora en cuanto a la conducta de su hijo. Pero, de acuerdo con su hermano habían decidido dejar que fuera el chico quien iniciara esa conversación cuando estuviera preparado. Por lo visto ese momento había llegado.
Dejaron la conversación aparcada durante el rato que tardaron en poner la mesa y servir la cena. Una vez que ya estaban sentados con la comida delante y la televisión encendida, como tenían por costumbre, Danielle se ofreció a ayudar un poco a su hijo.
-Lo de nombrar el tiempo pasado con Viktor, ¿ha sido por algún motivo en especial?
Marc suspiró en voz baja y bajó el tenedor hasta dejarlo en el plato, bajándole la voz a la tele, mirando a su madre.
-En realidad, si. –Cómo ella no dijo nada, decidió continuar hablando.- Estuvimos hablando bastante y un día me preguntó si me gustaría pasar las vacaciones de verano con él. –Confesó, bajando la voz a medida que iba hablando.
-¿Y tú que le dijiste?
-Que tenía que pensármelo y hablarlo contigo.
-Y ¿ya te lo has pensado?
-Sí –respondió, bajando la mirada hacia su plato, tonteando con el tenedor en el kétchup para no tener que mirar a su madre.
-Quieres ir, ¿verdad?
-Tengo la maleta encima de la cama –dijo como respuesta, levantando la cabeza para dirigirle una pequeña sonrisa.
-Está bien. Puedes ir.
-¿Enserio? –preguntó el chico, levantando la cabeza mirando a su madre con gesto asombrado.- ¿Puedo ir? ¿Dónde está la trampa?
-No hay trampa. Me costó mucho que aceptaras la idea de querer conocer a Viktor, y estoy contenta de que lo pasaras bien y quieras repetir.
-¿Sabes? Podría sugerirle que tú también vengas. Seguro que dice que si –sugiere, animado con la posibilidad de poder irse sin tener que dejar sola a su madre. En ese tiempo que habían pasado los dos solos, aunque solían discutir mucho, también se habían acostumbrado a estar juntos.
-No, Marc. Eso no va a poder ser. Ya sabes que yo tengo que trabajar
Marc sintió como la hinchazón de felicidad que había sentido en el pecho se desinflaba poco a poco. Su madre siempre tenía que trabajar.
-Podrías tomarte unas vacaciones, aunque fueran unos días.
-No puedo.
-Ya. Tú nunca puedes hacer nada que no sea estar encerrada en ese maldito restaurante. –Dijo el chico con rencor, levantándose de la mesa.
-Marc, ya hemos hablado de esto muchas veces…
-Sí, y ya estoy harto. Me voy a mi cuarto, tengo que hacer la maleta.
Danielle Black enterró la cara entre las manos al escuchar el portazo con el que Marc se encerró en su habitación. Claro que le habría gustado ir con él, y claro que podría pedirse unos días, pero su hermano había sido muy claro en ese aspecto; Marc tenía que ir solo. Y le horrorizaba disgustarle. De manera que había cedido, como siempre.
Cuando minutos después golpeaba la puerta de la habitación de su hijo, Danielle sabía que era una tontería esperar ningún tipo de permiso para entrar, de manera que simplemente lo utilizó como una forma de avisarle que pensaba hacerlo. Cuando abrió, vio a Marc arrodillado delante del armario sacando unas camisetas que después metió en una maleta que estaba casi llena.
-No he dicho que pudieras pasar
-Tampoco has dicho que no pudiera hacerlo
Marc se paró a mitad de camino entre la maleta y su armario y dio media vuelta para mirar a su madre con gesto indescifrable.
-Creí que estaba claro
-Entonces la próxima vez tendrás que ser más claro, supongo –rebatió Danielle con un leve movimiento de los hombros.
Llegados a ese punto de la conversación, Marc no pudo reprimir la sonrisa por más tiempo. Sacudió la cabeza y retomó sus paseos entre el armario y la cama, más relajado.
-¿Qué quieres, mamá?
.Que entiendas que si hago esto no es por gusto, Marc. –Responde Danielle, cogiendo una de las últimas camisetas que Marc había tirado dentro de la maleta para doblarla un poco antes de que su hijo se la arrebatara de las manos y volviera a tirarla dentro.- Lo hago por nosotros. Necesitamos el dinero
-Y eso es lo que no entiendo. Por lo que vi, tu hermano está forrado
-No voy a pedirle dinero a Viktor, Marc. De momento todavía estoy capacitada para mantenerme a mí y a mi hijo.
-No digo que no lo estés, mamá. Pero…
-Entonces no me denigres sugiriendo que le pida el dinero a mi hermano
Marc puso los ojos en blanco, cerrando la maleta una vez metidos un par de bañadores, por si acaso. Cuando su madre se ponía en plan feminista sabía que no tenía nada que hacer. Todos sus argumentos iban a ser invalidados por una razón o por otra, así que decide no comentar nada más y bajar la maleta al suelo.
-Como quieras. Ya sabes dónde vamos a estar, por si cambias de opinión –añade con una sonrisa.
-Lo sé, cariño. Lo tendré en cuenta.
Mentía y los dos lo sabían. Pero, como casi siempre pasaba, eso era mucho más fácil que hacer frente a la verdad. Por eso la conversación quedó ahí. Poco después Danielle le dio las buenas noches a su hijo y salió de la habitación, dejando que terminara de prepararse las cosas. Tenía que llamar a su hermano para decirle que podría pasar a recoger a Marc al día siguiente. Con la insistencia con la que le había hablado en su última llamada, tenía la sensación de que esa noticia lo iba a alegrar.
Miró el reloj antes de descolgar el teléfono; todavía era pronto. Su hermano con toda seguridad o estaría levantado o no le importaría que le molestaran una vez que descubriera lo que tenía que decirle de manera que, después de buscar el número en la agenda, marcó y esperó a que alguien contestara. 

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