martes, 22 de octubre de 2013

La isla de Gerde: mentir, matar...morir

Capítulo 1
Parte 2


-¿Qué?
El joven saltó de su asiento al escuchar la proposición que le hizo su tío. ¿Le estaba hablando enserio? ¿De verdad pensaba que iba a dejarlo todo por irse con un tipo que ni siquiera conocía a saber dónde y a hacer qué? Estaba loco. Realmente loco si pensaba que iba a aceptar su oferta.
-Piénsalo, Marc. –Pidió el arqueólogo, sin inmutarse ante la exaltada reacción del muchacho- Vivirás a tus anchas, estudiarás en los mejores colegios, tendrás todas las oportunidades al alcance de tu mano y…
- No tengo nada que pensar
- Oh, sí, ya lo creo que lo tienes. De todas formas, no es necesario que me des una respuesta ahora. Como sabrás, tenemos todo el fin de semana por delante. Si te parece, el domingo por la tarde, a la hora del té, me comunicas tu decisión
Tras pasearse por la habitación durante el rato que tardó en llegar la resolución de su tío como si de un león enjaulado se tratase, el joven se paró a pocos metros de dónde el eminente arqueólogo estaba sentado. El hombre no había variado ni un ápice su posición, pero lo miraba expectante. Realmente, decidió el joven,  no ganaba nada yendo a malas desde el primer momento. Como su tío le había dicho, pasarían juntos todo el fin de semana. Tal vez debiera ceder algo de terreno, aunque fuera un poco. Y solo de momento.
-El domingo entonces –respondió finalmente, cruzándose de brazos.- Pero la respuesta va a ser la misma –aseguró, aguantándole la mirada a su tío en un gesto que reflejaba, o por lo menos lo pretendía, una rebeldía que no pensaba dejarse vencer, aunque Mr. Blake sabía cómo tratar con todo tipo de personas. Y un adolescente que además era su sobrino no iba a ser menos. Tan solo necesitaba encontrar cómo ganárselo. Lo demás vendría solo. Por eso una ligera sonrisa calmada fue su única reacción ante la respuesta de su sobrino.
-Decidas lo que decidas, te respetaré Marc. Solo te pido que no rechaces la idea sin siquiera planteártela. No permitas que un impulso decida por ti. Ahora, si me disculpas, tengo otros asuntos que atender; Gideon te enseñará dónde te hospedarás estos días.  Para la hora de la cena habré acabado, de manera que te veré en el comedor. –Se despidió del joven, invitándolo a salir con un gesto de la mano a la vez que la puerta se abría y en el marco se recortaba la silueta de quien el joven supuso era el tal Gideon. Tras dirigirle una breve mirada a su tío que, dándole la espalda se dirigía de nuevo hacia el escritorio, suspiró con resignación y salió por la puerta, cerrándola a sus espaldas.
Cuando se quedó solo, Viktor Blake se sentó tras su escritorio y abrió el primer cajón para sacar la agenda telefónica. Cuando encontró lo que buscaba, marcó los dígitos en el teléfono y esperó. Un tono, dos, tres… finalmente alguien responde al otro lado del altavoz:
-El chico está aquí […] Si, ya le he hecho la oferta […] No le ha hecho demasiada ilusión, pero ya contábamos con ello. Me habría desilusionado si hubiese aceptado a la primera.  Pero lo hará, cuenta con ello […] Tú déjame a mí y dedícate a cumplir con tu parte. ¿Has conseguido algo? […] Entonces, ¿a qué esperas?
Colgó el teléfono y se tiró hacia atrás, recostándose contra el respaldo del sillón mientras se masajeaba lentamente las sienes. Estaba rodeado de incompetentes.

Con las palabras de su tío todavía rondándole en la cabeza y sin poder creerse que estuviera hablando en serio, Marc siguió en silencio al mayordomo hasta la que le indicó sería su habitación mientras que durara el fin de semana. Le agradeció el que lo acompañase con un ligero gesto de la cabeza y entró. Sin prestar demasiada atención a nada, pasó por encima de su mochila, que alguien se había encargado de llevar hasta allí y se tiró encima de la cama, boca arriba y con los brazos estirados, mirando al techo. Tenía la firme convicción de que lo que no le pasara a él, no le pasaba a nadie.

Unos golpes en la puerta le hicieron abrir los ojos y la oscuridad que se podía percibir a través de la ventana le indicó que se había dormido. Frotándose la cara tratando de aparentar un aspecto algo más espabilado, abrió la puerta, y se encontró de frente con el mismo hombre que lo había acompañado unas horas antes hasta esa misma habitación. Por más que trataba de recordar su nombre, le resultaba imposible, por lo que Marc optó por no llamarlo de ninguna forma.
- ¿Sí?
- Señor Sullivan, el señor Blake me ha mandado para que le informe de que en unos minutos se servirá la cena y le gustaría contar con su presencia.
Al escuchar que el hombre se refería a él como “señor Sullivan”, Marc hizo un pequeño mohín, pero se esperó a que terminara de hablar para corregirlo. Al fin y al cabo era su trabajo
-Dígale a mi… al señor Blake –se corrigió a si mismo antes siquiera de pronunciar la palabra de parentesco que lo unía a Viktor Blake.- que se me ha hecho tarde sin darme cuenta. Me doy una ducha rápida y enseguida bajo. Y, por favor, nada de Señor Sullivan. Llámame Marc.
-No creo que me esté permitido hacer eso, señor
-Pero lo harás igualmente, si quieres recibir algún tipo de respuesta por mi parte
Y así, sin darle ninguna oportunidad de replicar, el joven cerró la puerta, dejando al mayordomo con la palabra en la boca. Este, al verse solo, dibujó una pequeña mueca muy parecida a una sonrisa ante la desvergüenza del chico y bajó al salón para comunicarle a su jefe la respuesta del chico a su invitación.

Quince minutos después, tío y sobrino disfrutaban de una magnifica cena enfrente de un enorme televisor de plasma dónde estaban retransmitiendo la final de la Super Bowl de la cual el joven no se perdía ni un solo detalle.
Después de quedarse solo en su despacho, Viktor Blake había llamado a su hermana para informarla de que Marc había llegado bien, que ya habían tenido un -estupendo- primer encuentro y que las cosas iban por el buen camino. Asimismo había aprovechado para preguntarle sobre los gustos más elementales de su sobrino: comidas, deportes, grupos de música, hobbies en general y ahora tenía un informe mucho más detallado que le permitiría ganarse sin ningún tipo de problema, estaba seguro, al adolescente que ahora mismo comía sushi a su lado sin apartar la vista del televisor.  Personalmente, él nunca había sido un gran seguidor de los deportes, ni los veía ni los practicaba, ni siquiera entendía por qué había gente que sí lo hacía pero, si eso le ayudaba en sus planes, estaba dispuesto a hacer ese pequeño sacrificio. Incluso fingía alegrarse o mostrar indignación cuando creía necesario.
Por su parte, Marc no podía creer lo realmente bien que iban las cosas. Cuando bajó al salón, vestido con unos simples vaqueros y una camiseta de manga corta, pensó que desentonaría mucho con el aspecto impoluto que solía presentar tanto su tío como todo lo que lo rodeaba pero, para su sorpresa, se había encontrado con Viktor Blake, sentado en un cómodo sillón muy parecido a los que había visto un rato antes en su despacho, frente a una gigantesca televisión de plasma dónde podía verse el partido de la Super Bowl. Impresionado, Marc se acercó a él y lo acompaño, sentándose a su lado, mientras que, avisados de que el chico ya se había unido a su tío, desde una puerta que asoció con la cocina, entraban otros dos hombres uniformados cargados con unas bandejas que depositaron encima de unas mesas móviles que acabaron justo enfrente de ellos. Marc miró su plato con curiosidad y una vez más se sorprende al ver en él la más selecta variedad de sushi que jamás hubiera visto. Ciertamente, la comida oriental era su favorita, aunque le sorprendía que su tío conociera ese detalle. Tal vez solo había sido casualidad. Aunque lo dudaba, ya que en el plato de al lado no había sushi sino pasta, lo que indicaba que aquel no era un plato que a Mr. Blake le gustara demasiado. De cualquier manera, todos estos detalles dejaron de tener importancia para él cuando de la tele llegó un gemido ahogado que anunciaba una jugada fallida del equipo predilecto. Desde ese momento, y hasta el final de la cena, su atención se centró única y exclusivamente en el partido.
Cuando un rato después estaba tumbado sobre su cama, con las manos en la nuca, mirando fijamente el techo a pesar de estar a oscuras, Marc pensó que al fin y al cabo tal vez no estuviera tan mal la cosa. Podría acostumbrarse fácilmente al sushi, la tele gigante, y todo el lujo que parecía rodear a su tío. Solo durante el fin de semana, claro. Después volvería a su casa, a su vida. Con su madre, sus amigos, Paul, Jeannette… Se dio la vuelta, acomodándose y, con esos pensamientos en la cabeza, se quedó dormido.

Los días que pasó en compañía de su tío fueron realmente excitantes. Practicaron deportes tan variados como el boxeo o la natación e incluso le dieron unas clases elementales de conducción, a pesar de que todavía no tenía la edad legal para hacerlo. Comieron en los sitios más estrafalarios y Marc tuvo la oportunidad de conocer a  gente de lo más variopinta. Fueron a reuniones que tenían más pinta de fiestas que de otra cosa y, para relajarse, tomaban largos baños en el jacuzzi o se daban masajes en las salas del hotel. Incluso la noche del sábado, tío y sobrino fueron al estadio de fútbol de Mestalla a ver un partido.
A Marc se le hizo realmente corto el fin de semana y, casi antes de poder darse cuenta, había llegado el momento en el que tenía que volver a casa. 
El domingo por la tarde, mientras preparaba la maleta, su tío llamó a la puerta de la habitación:
-Está abierta –Informó Marc desde dentro, tratando de encajar unos vaqueros en el poco espacio que quedaba en la maleta, preguntándose como de incómodo se viajaría con dos pantalones.
Mr. Blake entró y cerró la puerta a sus espaldas. Llevó las manos a su espalda y esperó pacientemente a que Marc terminase lo que estaba haciendo. Cuando el muchacho por fin le devolvió la mirada, esbozó una pequeña sonrisa y empezó a hablar:
-Supongo que sabes por qué estoy aquí, ¿cierto?
El suspiro que lanzó el muchacho le hizo entender que si, lo sabía. Y, puesto que no había necesidad de que se lo dijera con palabras, continuó hablando sin esperar respuesta:
-Es hora de que me des una respuesta definitiva, Marc. Así que, voy a volver a hacerte la pregunta. ¿Vendrás a vivir conmigo?
El chico mordisqueó su labio inferior. Era cierto que durante esos días, cada vez que estaba solo le daba vueltas al mismo tema, una y otra vez. Y ese era el mayor motivo por el cual por las noches le costaba conciliar el sueño, pero nunca había conseguido sacar nada más que un dolor de cabeza. Al principio su respuesta había estado clara pero ahora… A decir verdad, si que había algo que le rondaba la cabeza, una idea, tal vez no fuera lo que Viktor Blake esperaba, pero Marc tenía la teoría de que realmente podía llegar a funcionar.
-A decir verdad, he estado pensando bastante en ello y se me ha ocurrido algo.
-Te escucho.
-Queda muy poco para que termine el curso; solo unas semanas –Mr. Blake ya sabía hacia donde se dirigía su sobrino, pero prefirió dejarlo terminar de explicarse y no interrumpirle.- Y tal vez mi madre se lo tomara todo con más calma si le dijera que quiero pasar algún tiempo durante las vacaciones con usted. Así podríamos ver cómo van las cosas, la convivencia y eso. Y ya después, decidir. ¿No?
-Eres un chico muy sensato, Marc –Felicitó Mr. Blake a su sobrino, dirigiéndole una sonrisa orgullosa. Ese era un rasgo que había sacado de su familia.- Y, desde luego, lo que dices tiene sentido. Está bien. Acaba el curso aquí. De todas formas, tienes razón, apenas faltan unas semanas y no querría estropearte ahora el año académico. Volveré a llamarte cuando se acerque el momento y concertaremos el encuentro, ¿te parece?
-Muchas gracias, señor Blake. Tío. –Se corrigió el chico con una ligera sonrisa,  a la vez que sus mejillas adquirían un tono sonrosado sin llegar a ponerse rojo. Era la primera vez que se dirigía a Viktor Blake como si fuera alguien de su familia.
-No hay de que, Marc. Ahora debes darte prisa. El taxi está en la puerta –Lo apuró Mr. Blake y, dirigiéndose después hacia la puerta, salió de la habitación sin decir nada más.
Marc, por su parte, terminó de hacer la maleta, recogió sus cosas y salió de la habitación. Esperaba ver a su tío antes de irse, pero Mr. Blake no salió a despedirse. Excusándolo con la idea de que estaría ocupado, acompaño a Gideon hasta la entrada y después se dirigió él solo hacia el taxi que lo esperaba en la puerta del hotel para llevarlo de vuelta a casa. Se acomodó en la parte trasera y se puso los auriculares, dispuesto a aislarse del mundo, sin volver la vista hacia el hotel. Pero, desde la ventana de su despacho, Mr. Blake no perdía de vista el taxi que se alejaba, mientras esperaba que al otro lado de la línea, alguien cogiese el teléfono.
-Samuel, tengo noticias…

Cuando Samuel colgó el teléfono, después de su conversación con Mr. Blake, una ligera muestra de disgusto adornaba su cara. Después de todo lo que habían esperado ya, ese mocoso se esforzaba por retrasarlo todavía más. Estaba claro que no sabía nada, por supuesto, pero eso no significaba que Samuel no lo culpara por ello. Además estaba ese tonito que Mr. Blake había usado durante toda la conversación. Estaba divirtiéndose. Su sobrino se había pasado de listo y a él le divertía. Decía que no había esperado menos de un Blake. Era de locos.

Con un suspiro de obligada resignación, Samuel salió de la habitación y se dirigió nuevamente a la puerta que llevaba custodiando desde hacía ya más de un mes. Se asomó al pequeño cristal que dejaba ver el interior de la habitación y buscó a la chica con la mirada, aunque de antemano sabía dónde estaría. No se había movido de allí desde que la habían llevado. Acurrucada en una esquina, con las piernas rodeadas por sus brazos y la cara enterrada entre las rodillas, descansaba la pequeña salvaje que habían encontrado en la expedición. Junto a ella reposaba una bandeja de comida, de la que solo faltaba la fruta. Siempre igual. Comía muy de vez en cuando y solo piezas de fruta. Durante mucho tiempo habían temido que enfermara de hambre, pero parecía soportarlo bien. En ese momento la chica levantó la cabeza y sus miradas se encontraron. Una vez más, fue Samuel quien se rindió primero, retirándose de la ventana. Nunca había sido capaz de soportar la penetrante mirada que le devolvían esos intensos ojos azules.

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