jueves, 10 de octubre de 2013

La isla de Gerde: Mentir, matar...morir

Prólogo.

Salió de la cama poniéndose la bata por encima del pijama y murmuraba mientras bajaba los escalones que descendían hasta la misma puerta de entrada al escuchar el sonido de la tormenta que tronaba fuera. ¿Quién podría tener ganas de visita a esas horas de la noche y con semejante temporal? Abrió la puerta y se colocó correctamente las gafas sobre la nariz mientras entrecerraba los ojos para adivinar la silueta de quien se encontraba fuera, protegido por la oscuridad de la noche. Aun con las gafas puestas, no reconoció al visitante hasta que una voz conocida se dirigió a él con respeto. Era Samuel, un compañero de la universidad en la que Mr. Blake, como era conocido entre compañeros de profesión y alumnos, impartía clases de antropología. Su joven compañero carraspeó antes de comenzar a hablar y, cuando lo hizo, su voz sonó titubeante, sin fuerza:
-  Señor Blake, lamento irrumpir en su casa en mitad de la noche y sin haberle avisado pero… tenemos un problema. –Mr. Blake se fijo en el gesto nervioso que demostraba retorciendo el sombrero entre sus manos y supo que, ciertamente, tenían un problema.
Se movió a un lado para que su invitado pudiese pasar dentro de la casa, cosa que éste hizo sin hacerse de rogar. Una vez dentro, Samuel le miró con culpabilidad, sin saber cómo empezar la conversación. Era un asunto delicado que debía ser tratado con suavidad y discreción. Mr. Blake, poniéndose cada vez más nervioso a causa de la incertidumbre, pero sin atreverse a presionarle, cosa que su delicada educación de colegio inglés no le permitía, abrió la puerta de entrada al salón y le dirigió a su compañero una mirada amable, acompañada de una leve sonrisa, apenas perceptible:
-¿Té?
- Por favor – Asintió éste, cruzando el umbral de la puerta abierta. Se quitó el abrigo y lo enrolló en su brazo, sentándose en su sitio de siempre, una confortable butaca enfrente del sillón del maestro, como él lo llamaba. Samuel esperó a que el improvisado anfitrión volviese a la sala. Cuando regresó, Samuel no levantó la cabeza, ni hizo gesto alguno de haber notado su presencia, ya que estaba demasiado ocupado pensando las palabras adecuadas con las que debía comenzar su discurso. De manera que, cuando Mr. Blake dejó la pequeña taza repleta de té y el azucarero en la pequeña mesa que se interponía entre los asientos, Samuel dio un bote, sobresaltado y miró a su compañero, enrojeciendo levemente:
- Gracias – murmuró. Alargó uno de sus brazos delgados y con mano temblorosa abrió el azucarero, llenó completamente una primera cucharada y la mitad de la segunda para después coger la taza y darle vueltas con la cucharilla mientras se recostaba en el sofá, con gesto más bien ausente.
El viejo pero enérgico profesor se sentó en su sillón y esperé con su eterna paciencia tan característica a que su joven compañero se decidiese a hablar. Aquello se demoró bastante pero, cuando Samuel se acabó la bebida y dejó la taza vacía nuevamente encima de la mesa, se le acabaron las excusas para retrasar más el motivo de su visita. De manera que se incorporó un poco, y se colocó con los codos apoyados en sus propias rodillas, entrelazó los dedos de sus manos y miró fijamente a su interlocutor. Después de unos segundos, respiró hondo y tan solo pronunció una frase:
- Lo han encontrado.
El profesor miró a su compañero durante un par de largos segundos antes de responder, esbozando el principio de una sonrisa. Esa noticia no tenía nada de malo, no entendía la reacción de su compañero.
- ¿Lo han... encontrado? Pero, Samuel, eso es fabuloso – A medida que hablaba, su sonrisa se iba ensanchando - ¿O no? – Dudó el hombre, al ver la cara de circunstancias que le miraba desde la butaca de enfrente.
- Escapó antes de que pudieran detenerle – Suspiró Samuel- Pero eso no es todo, profesor. No estaba solo.
- ¿Cómo? – Por primera vez en toda la conversación, Mr. Blake se mostró extrañado; tenso. Se sentó en el borde del sillón, acercando poco a poco la parte superior del cuerpo hacia donde se encontraba su interlocutor - ¿Qué quieres decir?
- Una chica estaba con él.
- Entiendo –Asintió Mr. Blake, asimilando la información.
- Una cómplice, debo suponer.
Samuel se encogió de hombros:
- No lo sabemos. La chica se ha negado a hablar desde que la encontramos. La tenemos retenida en las instalaciones, pero no sirve de nada.
Mr. Blake respiró hondo, vaciando del todo sus pulmones, buscando así liberar la tensión que se había acumulado en ellos. No sólo estaba el problema de que el sujeto al que llevaban persiguiendo tanto tiempo se les hubiera escapado prácticamente de entre los dedos; además, ese sujeto no andaba solo. Aquello solo les podía traer grandes problemas. Tras unos segundos de reflexión, Mr. Blake se recostó contra el sillón y cerró los ojos, mientras se masajeaba las sienes con pequeños movimientos circulares. Cuando habló, lo hizo con una voz seria que se adaptaba perfectamente a la magnitud del problema al que se enfrentaban:

-Samuel, tenemos un problema. 

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