sábado, 12 de octubre de 2013

La isla de Gerde: Mentir, Matar... Morir

Capítulo 1
(Parte 1)



Cuando sonó el timbre que indicaba el final de las clases, todas las sillas se arrastraron por el suelo y el continuo murmullo que se había mantenido activo durante toda la hora, fue aumentando su volumen mientras la profesora trataba en vano de dar la lección que se había propuesto terminar ese día. Cansada, decidió desistir y desearles a sus alumnos un feliz fin de semana antes de recoger su bolso, su carpeta y salir del aula.
Mientras el resto de sus compañeros gritaban, charlaban animadamente y discutían acerca del gran partido de fútbol que se jugaría ese fin de semana o de la ropa que se pondrían para la ya famosa fiesta que Jeannette daría el sábado en su casa, Marc Sullivan se dedicaba a recoger sus bolígrafos y cuadernos para meterlos en la mochila con gesto asqueado. Apenas hizo una parodia de saludo cuando Paúl, su mejor amigo desde que iban a la guardería, entró a clase y se le tiró encima, celebrando que por fin era viernes.
-Joder, tío, vaya careto. Cualquiera diría que es viernes, que esta noche cenamos de gorra en el bar de mi padre y que mañana… - se frotó las manos en señal de expectación- nos vamos a la fiesta de Jeannette con pases especiales –celebró el chico, canturreando alegremente, marcándose un baile cutre, que logró arrancarle a Marc una sonrisa un tanto amarga.
-Pues espero que lo disfrutes todo tú solito –Le respondió, levantándose por fin, colgándose la mochila de un solo hombro. Salió de clase, esquivando a un grupito de chicas que cuchicheaban delante de clase, las cuales le dirigieron más de una mirada de reojo que él ignoro. Odiaba haberse convertido en uno de los principales cotilleos de esa semana. Echó a andar sin demasiada prisa, esperando el momento en el que Paúl le diese alcance. Sabía que no tardaría en seguirle. En efecto, dos segundos más tarde, una mano en su hombro le hizo volverse, confirmando su teoría:
-¿Cómo que “tú solito”?
-Pues eso. Que no cuentes conmigo. No puedo ir.
-Espera, espera, ¿Quieres decirme que debo creer que Marc Sullivan va a perderse la fiesta del año en casa de Jeannette LaCroix, la tía más buena que ha habido y habrá en décadas en este colegio? – Preguntó Paúl, recalcando la palabra décadas. Después de un par de segundos, el chico explotó a reír propinándole a Marc un puñetazo amistoso en el hombro- De acuerdo, de acuerdo. Esa ha sido buena. Debo admitir que he estado a punto de… -Miró la cara de su amigo y la sonrisa se le borro de golpe al ver su gesto serio- No. No te estás riendo. ¿Por qué no te ríes? Marc, ¡ríete! –Le ordenó.
-Lo haría encantado, créeme. Pero ahora mismo tengo más ganas de que me pille un coche que de reírme – suspiró cabizbajo el chico, saliendo del edificio al patio central, camino del aparcamiento donde tenía aparcada su bicicleta.
-No puede ser, ¡No puede ser! Pero, ¿por qué? ¿Por qué llevarías a cabo un suicidio social como ese y me arrastrarías a mí de paso? – Exageró Paúl, agarrándole de la manga de la camiseta con gesto desesperado- Dame una razón
-Tío, ¡suéltame! –Exclamó Marc, estirando bruscamente el brazo para soltarse. Se colocó bien la mochila que llevaba colgada de un solo hombro y suspiró, muy cansado, girándose para mirar de frente a su amigo decidido a darle, por lo menos, una explicación.- Mi tío quiere verme. Y mi madre me ha dicho que cuanto antes. No tengo opción.
-Pero, ¿tiene que ser precisamente este fin de semana?
-¿Qué parte de “cuanto antes” es la que no entiendes? –Replicó Marc, exasperado. Cuando quería, Paúl se ponía de un tonto increíble. ¡Ni que él tuviese ganas de ir!
-Vale, vale. Pero, ¿tu tío? ¿Qué tío? –Preguntó Paúl, haciendo un esfuerzo por recordar. Que él supiera, Marc no tenía mucha familia así que las posibilidades eran reducidas.- ¿El arqueólogo estirado que vive en el monte?
-El mismo – Asintió Marc, sacando de los vaqueros la llave del candado de la bicicleta, retomando el camino. – No sé que le ha entrado ahora pero, de pronto, después de años sin verme, le entran las prisas. Yo no entiendo nada –reconoció, parándose en la entrada del aparcamiento, donde debería separarse de su amigo, al que esperaba su madre en el coche.
-Es raro, desde luego –Reconoció Paúl, poniéndose más serio- De todas formas, intenta hacer algo. Habla con tu madre, apela a su amor maternal, yo que sé, ¡haz algo! Inténtalo y llámame esta noche.
El joven asintió con la cabeza, con un gesto no demasiado convencido.
-Está bien. Luego hablamos
Tras despedirse de su amigo, liberó su bicicleta del candado y se montó, saliendo de los límites del instituto, pedaleando con tranquilidad. En la primera esquina se topó con un grupo de chicas que volvían a casa caminando y entre ellas reconoció la figura de Jeannette. Cuando sus miradas se encontraron le dirigió un breve gesto de despedida antes de alejarse con rapidez, sin darle tiempo a decir nada. Desde luego debería llamarla, darle una explicación y luego… y luego, ¿qué? Daba igual. Hiciese lo que hiciese, Paúl tenía razón, era un suicidio social. Y no podía hacer nada por evitarlo. Furioso con todo en general, giró en la primera curva y siguió el camino recto por la carretera que le llevaría a las afueras de la ciudad, dónde su madre y él vivían desde que se mudaron a aquella ciudad, en un pequeño ático que su tío les recomendó. Necesitaba despejarse, no pensar en nada, de manera que se incorporó sobre el sillín y pedaleó cada vez con más fuerza, desfogando así toda la rabia que sentía en ese momento.

Veinte minutos después, abrió la puerta de casa. Tiró la mochila al suelo y dejó las llaves en el pequeño cuenco que adornaba la mesita, único mueble presente en el recibidor, antes de pasar al salón, deshaciéndose de la cazadora por el camino. Como siempre, en su casa hacía un calor infernal. Creyendo estar solo, dejó la prenda colgada en el respaldo del sofá y se sentó, quitándose las deportivas, mientras encendía la tele con el mando a distancia. No tenía ganas de hacer otra cosa.
-Recoge la chaqueta ahora mismo y apaga la tele. ¿No tienes deberes que hacer?
Marc pegó un bote en su asiento cuando la voz de su madre le llegó desde la puerta de la cocina. Menudo susto. Se giró para mirarla con cara de pocos amigos, reprochándole así el sobresalto y contestó sin demasiado entusiasmo, volviendo a mirar la tele
-Ahora lo quito y no, no tengo deberes. Es fin de semana
-Los fines de semana también hay deberes
-Sí, pero se hacen el domingo
-Sí, pero tú el domingo no estarás aquí. ¿Lo has olvidado?
Marc maldijo por lo bajo. No, no lo había olvidado. Y, al parecer, ella tampoco.
-Mamá, yo no quiero ir a ningún sitio. Este sábado hay una fiesta y…
-Ya hemos tenido esta conversación antes, Marc, y no hay discusión posible. Es la primera vez que mi hermano me pide un favor y no voy a negárselo.
-Pero, ¿por qué tengo que ser yo el que vaya? ¿Por qué no  puedes ir tú? –Volvió a mirar a su madre con gesto interrogante. Esa era una de las cosas que más le extrañaba de todo el asunto. Su madre había recibido órdenes, sí, ordenes, esa era la palabra que ella había empleado, de que él, Marc, tenía que ir esa misma tarde al hotel Las Arenas sin falta. No sabía gran cosa de ese tío suyo, pero algo si le había quedado claro; si podía permitirse el pasar un fin de semana en ese hotel y pagárselo también a él, el tío tenía pasta.
-Porque tu tío insistió precisamente en que fueras tú, no yo. Además, yo mañana trabajo.
-Mentira –Respondió el joven en voz alta, levantándose del sofá- Llevas toda la semana canturreando por los rincones que, después de estar tres años trabajando en ese bar de mala muerte fin de semana sí y fin de semana también, es la primera vez que libras en sábado. Así que no me mientas
Danielle Blake se mordió el labio inferior mientras desviaba la mirada de los ojos de su hijo. Ciertamente, le estaba mintiendo, y él lo sabía. Bueno, no lo sabía, pero lo intuía. Y una simple mirada a esos profundos ojos verdes bastaría para que se derrumbase y le dijese toda la verdad. Una verdad que ni siquiera ella sabía del todo. Su única información se basaba en que el día anterior, antes de que Marc volviera de clase, su hermano había llamado para pedirle un favor. Quería ver a Marc. Iba a pasar un par de días en Valencia por motivos de negocios y quería… no, necesitaba, ver a su sobrino. La verdad, A Danielle no le cuadraba demasiado esa escena. La única vez que Víctor y Marc se habían visto fue años atrás, en el entierro de su marido e incluso en ese momento no habían intercambiado más que un par de frases de cortesía. Pero quería a su hermano, y haría lo que fuera por complacer su petición. Incluso si Marc se ponía cabezón. 
-Háblame bien, Marc –respondió con suavidad a la acusación de su hijo- Y créeme cuando te digo que nadie más que yo deseaba tener el sábado libre. Pero han surgido complicaciones. Irma no puede ir y tengo que sustituirla –Mintió con tranquilidad, dándose media vuelta para volver a la cocina. – Dúchate y coge algo de ropa para llevarte. Tu tío te espera en un par de horas
El joven maldijo otra vez y apagó la tele de malas maneras, lanzando el mando encima del sofá. En esos momentos odiaba todo lo que había a su alrededor. Odiaba a su madre, a su tío, la situación en general y se odiaba a sí mismo por no ser capaz de ofrecer más resistencia.
Lleno de resignación, se encaminaba a la habitación a coger sus cosas cuando la voz de su madre le llego nuevamente desde la cocina
-Marc…
-¿Qué? – Preguntó rápidamente, asomando la cabeza desde la puerta que daba al pasillo con un deje de esperanza. Incluso el tono de su voz se había suavizado. Tal vez su madre había cambiado de opinión y le dejaría quedarse en casa
-La chaqueta
Resopló con aire frustrado y volvió a entrar al comedor. Cogió la chaqueta cargándosela al hombro y dirigió una mirada al suelo dónde estaban tiradas las zapatillas de deporte. Las dejaría ahí. Su madre se merecía ese pequeño castigo
-Y ya que estamos, recoge también las deportivas
Marc miró desconcertado hacia la puerta de la cocina al escucharla, pero ahí no había nadie. Su madre estaba dentro, podía oír el agua correr. ¿Cómo podía saber entonces lo que estaba pensando? A regañadientes se puso las zapatillas para no llevarlas en la mano y se fue a su habitación. Realmente, a veces las madres daban miedo. Sobre todo la suya.
Soltó la chaqueta encima de su cama y se dirigió al baño, cerrando la puerta con un golpe seco. Una hora más tarde estaba listo para marcharse.

Bajó del taxi mirando la fachada del hotel con expresión muda de admiración. Era realmente fascinante. Él había querido ir con la bicicleta, pero su madre se había negado, realmente quería que le causara una buena impresión a su tío y no sabía si eso le gustaba. ¿Para qué iba a querer caerle bien a alguien a quien no pensaba volver a ver?
Se colgó del hombro la bolsa de deporte donde había guardado la ropa y atravesó los amplios jardines que separaban el edificio de la verja de entrada. El hotel estaba construido en su totalidad por tonalidades blancas. Las varias plantas de altura estaban decoradas con amplios balcones que dejaban adivinar con bastante acierto la grandaria de cada habitación y todos ellos tenían fantásticas vistas a la playa. Desde uno de los laterales del jardín se podía adivinar la figura de una piscina en la parte trasera y Marc Sullivan solo pudo sentirse sobrecogido ante semejante visión de opulencia. Con paso lento, el joven entró a la recepción y su visión, que tan bien encajaba en lo que hasta el momento conocía del hotel, no hizo más que aumentar su nerviosismo. Se encaminó al mostrador y esperó pacientemente su turno, mirando alrededor sorprendiéndose cada vez por algún pequeño detalle que se le había escapado la última vez. Cuando le llegó el turno, preguntó por la habitación del señor Blake, como su madre le había dicho y, siguiendo instrucciones, subió hasta el último piso. Miró el número de habitación que le habían dado en recepción y se encaminó hasta la puerta. Golpeó la madera con los nudillos y esperó.
La respuesta no se demoró demasiado. A los pocos segundos un hombre con apariencia de mayordomo le abrió e insistió en que le diera la mochila y la cazadora, asegurándole que cuidaría de ellas. Sin muchas confianzas puestas en aquel tipo, accedió a darle la mochila, pero no la cazadora argumentando que se encontraba cómodo así. En realidad lo que quería era estar preparado por si tenía que salir huyendo.
Al momento salió por la puerta que estaba a su izquierda otro hombre vestido igual que el que le había recibido, informándole de que el señor Blake le estaba esperando y que podía pasar. Sin acabar de creerse que algo tan surrealista le pudiera estar pasando, Marc siguió al hombre en silencio hasta unas puertas de roble blanco, completamente cerradas
-El señor Blake está dentro. Golpee la puerta para avisar de su llegada y puede pasar –Le informó el hombre antes de dar media vuelta y alejarse para ocuparse de algún otro quehacer.
Cuando lo dejaron solo, Marc se quedó un minuto plantado delante de las puertas sin atreverse a tocar planteándose seriamente la opción de dar media vuelta y salir de allí. Pero después de tanta parafernalia, le había entrado la curiosidad por conocer a ese tío suyo, de manera que se armó de valor y golpeó la puerta con decisión. Tras escuchar un suave “adelante” que lo invitaba a entrar, traspasó las puertas, y las cerró tras de sí.
La habitación estaba casi en penumbras, tan solo iluminada por el fuego que ardía en la chimenea pero Mr. Blake  ya se había acostumbrado a la escasa luz, por eso vio a su sobrino mucho antes de que éste lo viera a él. Ciertamente tenía el desparpajo y la gracia de su madre para moverse. Lo vio mirar alrededor, buscando tal vez un interruptor que le proporcionara la luz que tanto necesitaba su instinto. Conmovido por esta necesidad, Mr. Blake se apiadó de él y se levantó del sillón que ocupaba, acercándose a la pared para conectar el interruptor
-Hola Marc –saludó sin mucho entusiasmo, acercándose con lentitud a su sobrino, tomándose su tiempo para poder observarlo bien.
Claramente Marc era uno de esos adolescentes modernos. Las mechas de su pelo ya de por si rubio  y el pequeño pendiente que brillaba en su oreja derecha lo delataban. Por lo demás era muy parecido a su hermana; ojos verdes y profundos, nariz fina, rasgos suaves… en cambio la expresión era totalmente una copia de la de su padre. Los brazos cruzados sobre el pecho, las piernas separadas en actitud claramente defensiva y la misma mirada desconfiada que tantas veces había visto en el rostro de su cuñado. En cuanto al resto, Mr. Blake solo podía hacer suposiciones pero, por la manera en que se ceñían los vaqueros a sus piernas y la ajustada camiseta blanca dejaba entrever, Marc era un chico al que le gustaba hacer deporte. Se mantenía en forma. Y eso le serviría de mucho para lo que Viktor Blake lo necesitaba.
-Señor Blake –Le devolvió el saludo el chico acompañando sus palabras con un leve gesto de la cabeza.
-Sin formalidades, Marc, que somos familia. Puedes tutearme
-No suelo tratar con confianza a los desconocidos –respondió con indiferencia el joven, encogiéndose de hombros.- Señor Blake está bien
Al notar el rencor que se mezclaba con las palabras de su sobrino, Mr. Blake cedió con un asentimiento casi imperceptible, dándole esa batalla por ganada al chico. Al fin y al cabo todo el mundo lo llamaba así y, realmente, él lo prefería. Tan solo había sido un intento de ser amable con su sobrino. Pero estaba claro que el chico no se lo iba a poner fácil, aunque Mr. Blake tampoco lo esperaba. Y se habría sentido terriblemente decepcionado de haber sido de otra manera. 
Sin decir nada más, el hombre dio media vuelta y se dirigió hacia el sillón que ocupaba ya antes de la llegada de su sobrino, invitando al joven a hacer lo mismo en el asiento de enfrente con un gesto de la mano. Marc no se hizo de rogar en ese aspecto y enseguida se dirigió hacia el cómodo sillón, se sentó casi en el borde con el cuerpo inclinado hacia delante y apoyó los codos en las rodillas, esperando que Mr. Blake iniciara la conversación que lo había llevado hasta allí.
-¿Quieres beber algo? –preguntó el arqueólogo cogiendo su propia copa de brandy, dándole un sorbo.
-No, estoy bien. Gracias –Se obligó a sí mismo el joven a ser educado. Lo que nunca había sido era paciente, por eso no tardó más que unos segundos en abordar el tema que le interesaba.- Mi madre me dijo que necesitaba hablar conmigo de algo importante. Me gustaría saber de qué se trata
Viktor Blake suspiró algo molesto por la impaciencia de su sobrino. Eso era algo que no le gustaba. Los buenos soldados sabían tener paciencia y aguardar órdenes. Tendrían que cambiar eso. De todas formas, si querían que Marc colaborara deberían tenerlo contento, por lo menos de momento. De manera que Mr. Blake se obligó a mostrar una pequeña sonrisa a la vez que dejaba la copa medio llena encima de la pequeña mesa de cedro que separaba los dos sillones. Entonces se recostó contra el respaldo de su asiento con tranquilidad viendo con satisfacción como, a pesar de que Marc movía la pierna en evidente gesto de nerviosismo, no insistía en su pregunta. Debía estar seguro de que Mr. Blake le contestaría, aunque le costara algo de tiempo.
-Verás Marc –comenzó a hablar Mr. Blake con voz algo monótona- ya sé que nunca me he preocupado demasiado por ti –hizo una pausa para comprobar el efecto que sus palabras provocaron en el semblante de su sobrino el cual lo cruzó una irónica mueca acompañada de un sonoro suspiro impaciente- pero estoy realmente interesado en que eso cambie.
Esas palabras si atrajeron la completa atención de Marc, que le dirigió una mirada confusa entornando levemente los ojos en actitud de total incomprensión.
-Esto todavía no se lo he propuesto a tu madre, primero quería hablarlo contigo, ya que creo que eres lo suficientemente maduro como para tomar tus propias decisiones y me gustaría que el “sí” saliera de tu boca en primer lugar antes de consultarlo con Danielle –Continuó Mr. Blake con un tono de voz más meloso. Si realmente Marc era tan parecido a su padre como él creía, el simple gesto de simular tenerlo en cuenta haría mucho en su favor. Y al parecer tenía razón. Al escucharlo el joven adoptó una postura más relajada, se recostó contra el respaldo del asiento y apoyó el codo en el reposabrazos, dejando reposar la mejilla sobre su puño cerrado. Su mirada estaba ahora llena de interés.
-Le escucho –Concedió, mirándole con atención. Le gustaba que, por una vez, se le tuviera en cuenta antes de decidir nada sobre su vida.
-Quiero que vengas a vivir conmigo –Soltó de golpe Mr. Blake, sin andarse con tapujos llevándose otra vez la copa a los labios con gesto tranquilo, dejando que su sobrino asimilase el peso de sus palabras.

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